Constanza.
En su ciudad de origen, - ella nació en Craiova, Rumania - , la llamaban Constanza , porque su padre había nacido en dicha ciudad rumana, al otro extremo del país donde ahora moraban, y el buen hombre no había tenido demasiada imaginación ni originalidad, ó tal vez si, aunque con mucha nostalgia y añoranza de los campos que rodeaban su ciudad natal, y sobre todo del mar, y a pesar de que ambas ciudades estaban hermanadas a través del Danubio, a un tiro de piedra de ese río de leyenda, no era lo mismo, por tanto decidió que su hija al nacer se llamaría igual que su ciudad natal para así recordársela un poquitín más.
Constanza, una linda ciudad a orillas del Mar Negro.
Pero quiso la fatalidad que ese recuerdo perdurase poco tiempo, no más allá de tres inviernos, cuando implacablemente una figura de huesos, un tétrico esqueleto portando una guadaña le segó la vida dejando desamparada e indefensa a una niña en un país empobrecido.
Y vagó por inclusas, hospicios, albergues, casas de menesterosos y un día, por fortuna, su destino cambió, recaló en una familia pudiente de Bucarest, cuando contaba ocho años de edad. Su época más feliz, una década plagada de antojos, una niña que dejó atrás la indigencia por el bienestar, la calle por los colegios, los andrajos por los vestidos, la ignorancia por la ilustración y el desarrollo intelectual, el desarraigo por el enrraizamiento.
Pero el destino es caprichoso y truculento y como un perrillo que al nacer es una monada, pero al crecer se transforma en un estorbo, a Constanza le aconteció un hecho aparentemente contrario, pasó de ser una mocosa marginada a una mujer de bandera, y la sombra de su belleza engendraba envidia y celos en las féminas del hogar de acogida y deseos inmorales de lujuria y concupiscencia en el hombre, y cual perrillo, se transformó en un estorbo mayúsculo, en un embarazoso obstáculo, ay, embarazoso, si, embarazoso.
Ella aún no lo sabía, pero al cumplir los dieciocho, en su vientre llevaba la semilla de una nueva vida.
Jamás quiso revelar el nombre del padre y eso fue su perdición, las infundadas sospechas, los recelos, la desconfianza, los celos y la duda en el seno familiar cuya cúspide paternal se veía en entredicho, se sembraron en su derredor y un ultimátum planeó, se difundió sobre su familia de acogida, mas ella no cedió a la presión psicológica y la amenaza se materializó en hecho.
Fue expulsada, desairada y aborrecida de aquella familia, ¡ Su familia ¡ , sin una base, sin una prueba, fue juzgada y encontrada culpable de un delito del amor, tal vez de haber ejercido de concubina en su propia casa, con su propio protector y padre putativo.
Dejó aquel hogar lleno de suspicacias, de malos rollos, de un matrimonio corroído por banales conjeturas y aprensiones. Una sombra muy oscura de infidelidad, de incesto, de estupro, dio al traste con aquel matrimonio tan solo unos meses después. Pero esa fue otra historia.
Una década había acabado y ahora comenzaba otra etapa, con una hija a quien cuidar, repudiada, olvidada de todos y por todos, volvía de nuevo a la calle, a la realidad de un país sin recursos, un país de emigrantes, y fue allá, donde Constanza, aún altiva y señorial, tropezó con su sueño de escapar, se lo estaban ofreciendo, un afable y cordial desconocido le brindó la solución. Un país nuevo. Una vida nueva. Un lugar donde vivir. Un nuevo empezar. El principio de una vida junto a su hija.
Reunió el poco dinero que tenía y firmó un contrato. Trabajaría en España, el paraíso, un nuevo edén, en una fábrica de una importante multinacional, durante un año, ese sería el tiempo suficiente para pagar la deuda, a cambio ellos le arreglaban todos los papeles, el alojamiento con otros compatriotas e incluso una guardería para su hija. Y como habría de nacer en España, sería española con todos los derechos y jamás podrían expulsarla cuando terminase su contrato de trabajo. Era todo perfecto. Ni un solo pero.
En su ciudad de destino, Madrid, la llaman Mesalina, por darse aires de haber sido una mujer poderosa y de clase alta, pero de costumbres disolutas y ello lo atestiguaba su hija y la existencia de un padre fantasma.
La importante multinacional donde empezó a trabajar no era mas que un antro de mala muerte, un puticlub de carretera. Su alojamiento, un cuchitril en el piso superior que a su vez le servía de despacho, su trabajo, la noche, los clientes ávidos de sexo, de compañía femenina, de alcohol y drogas. Su hija, abandonada en manos de Dios. Su cólera, su rabia, sus protestas, eran acalladas con puñetazos, patadas, guantazos, con golpes y amenazas, aunque lo que más le dolía eran las que versaban sobre su preciosa niña, que semi-abandonada y mal nutrida era el único consuelo y escape que le ofrecía la vida.
En eso se había convertido su nuevo paraíso, su tierra de la esperanza, su edén.
Y transcurrió así un año de encierro, de transgresión de la libertad, de humillaciones e injurias, de vejaciones y ultrajes, de violaciones, y su deuda seguía sin estar pagada, pero ahora gozaba de más libertad, habíase ganado la confianza de los dueños del local, de la mafia, los gansters tratantes de blancas ya habían cobrado, ahora era cuestión de explotación, de conseguir dinero lo mas rapidamente posible, de ahorrar, y Mesalina lo sabía.
Acodada sobre el quitamiedos de la curva de una carretera, a la sombra, bajo el puente, dos mujeres mercadean sus cuerpos. Apenas hablan castellano, tan solo lo suficiente para regatear el precio.
Y el destino, tan ambivalente, aciago y ambiguo a veces, otras magnánimo y generoso, brinca sobre la existencia de las gentes y un día, hastiada de oír llamarla Mesalina, hastiada y cansada de brujulear en una tierra extraña, saldada su deuda de engaño, dejando atrás repugnada su vieja vida, con unos pocos euros en el bolso y una niña de dos años cogida de la mano, ella voló, voló hacia su nuevo hogar y eligió como destino una ciudad a la orilla de un Mar interior, un Mar del color del endrino, negro con matices azulados, allá donde todos le pudiesen llamar por su nombre, Constanza.
Constanza, una linda ciudad a orillas del Mar Negro.
Pero quiso la fatalidad que ese recuerdo perdurase poco tiempo, no más allá de tres inviernos, cuando implacablemente una figura de huesos, un tétrico esqueleto portando una guadaña le segó la vida dejando desamparada e indefensa a una niña en un país empobrecido.
Y vagó por inclusas, hospicios, albergues, casas de menesterosos y un día, por fortuna, su destino cambió, recaló en una familia pudiente de Bucarest, cuando contaba ocho años de edad. Su época más feliz, una década plagada de antojos, una niña que dejó atrás la indigencia por el bienestar, la calle por los colegios, los andrajos por los vestidos, la ignorancia por la ilustración y el desarrollo intelectual, el desarraigo por el enrraizamiento.
Pero el destino es caprichoso y truculento y como un perrillo que al nacer es una monada, pero al crecer se transforma en un estorbo, a Constanza le aconteció un hecho aparentemente contrario, pasó de ser una mocosa marginada a una mujer de bandera, y la sombra de su belleza engendraba envidia y celos en las féminas del hogar de acogida y deseos inmorales de lujuria y concupiscencia en el hombre, y cual perrillo, se transformó en un estorbo mayúsculo, en un embarazoso obstáculo, ay, embarazoso, si, embarazoso.
Ella aún no lo sabía, pero al cumplir los dieciocho, en su vientre llevaba la semilla de una nueva vida.
Jamás quiso revelar el nombre del padre y eso fue su perdición, las infundadas sospechas, los recelos, la desconfianza, los celos y la duda en el seno familiar cuya cúspide paternal se veía en entredicho, se sembraron en su derredor y un ultimátum planeó, se difundió sobre su familia de acogida, mas ella no cedió a la presión psicológica y la amenaza se materializó en hecho.
Fue expulsada, desairada y aborrecida de aquella familia, ¡ Su familia ¡ , sin una base, sin una prueba, fue juzgada y encontrada culpable de un delito del amor, tal vez de haber ejercido de concubina en su propia casa, con su propio protector y padre putativo.
Dejó aquel hogar lleno de suspicacias, de malos rollos, de un matrimonio corroído por banales conjeturas y aprensiones. Una sombra muy oscura de infidelidad, de incesto, de estupro, dio al traste con aquel matrimonio tan solo unos meses después. Pero esa fue otra historia.
Una década había acabado y ahora comenzaba otra etapa, con una hija a quien cuidar, repudiada, olvidada de todos y por todos, volvía de nuevo a la calle, a la realidad de un país sin recursos, un país de emigrantes, y fue allá, donde Constanza, aún altiva y señorial, tropezó con su sueño de escapar, se lo estaban ofreciendo, un afable y cordial desconocido le brindó la solución. Un país nuevo. Una vida nueva. Un lugar donde vivir. Un nuevo empezar. El principio de una vida junto a su hija.
Reunió el poco dinero que tenía y firmó un contrato. Trabajaría en España, el paraíso, un nuevo edén, en una fábrica de una importante multinacional, durante un año, ese sería el tiempo suficiente para pagar la deuda, a cambio ellos le arreglaban todos los papeles, el alojamiento con otros compatriotas e incluso una guardería para su hija. Y como habría de nacer en España, sería española con todos los derechos y jamás podrían expulsarla cuando terminase su contrato de trabajo. Era todo perfecto. Ni un solo pero.
En su ciudad de destino, Madrid, la llaman Mesalina, por darse aires de haber sido una mujer poderosa y de clase alta, pero de costumbres disolutas y ello lo atestiguaba su hija y la existencia de un padre fantasma.
La importante multinacional donde empezó a trabajar no era mas que un antro de mala muerte, un puticlub de carretera. Su alojamiento, un cuchitril en el piso superior que a su vez le servía de despacho, su trabajo, la noche, los clientes ávidos de sexo, de compañía femenina, de alcohol y drogas. Su hija, abandonada en manos de Dios. Su cólera, su rabia, sus protestas, eran acalladas con puñetazos, patadas, guantazos, con golpes y amenazas, aunque lo que más le dolía eran las que versaban sobre su preciosa niña, que semi-abandonada y mal nutrida era el único consuelo y escape que le ofrecía la vida.
En eso se había convertido su nuevo paraíso, su tierra de la esperanza, su edén.
Y transcurrió así un año de encierro, de transgresión de la libertad, de humillaciones e injurias, de vejaciones y ultrajes, de violaciones, y su deuda seguía sin estar pagada, pero ahora gozaba de más libertad, habíase ganado la confianza de los dueños del local, de la mafia, los gansters tratantes de blancas ya habían cobrado, ahora era cuestión de explotación, de conseguir dinero lo mas rapidamente posible, de ahorrar, y Mesalina lo sabía.
Acodada sobre el quitamiedos de la curva de una carretera, a la sombra, bajo el puente, dos mujeres mercadean sus cuerpos. Apenas hablan castellano, tan solo lo suficiente para regatear el precio.
Y el destino, tan ambivalente, aciago y ambiguo a veces, otras magnánimo y generoso, brinca sobre la existencia de las gentes y un día, hastiada de oír llamarla Mesalina, hastiada y cansada de brujulear en una tierra extraña, saldada su deuda de engaño, dejando atrás repugnada su vieja vida, con unos pocos euros en el bolso y una niña de dos años cogida de la mano, ella voló, voló hacia su nuevo hogar y eligió como destino una ciudad a la orilla de un Mar interior, un Mar del color del endrino, negro con matices azulados, allá donde todos le pudiesen llamar por su nombre, Constanza.
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